martes, 12 de febrero de 2013

La primera manifestación del Estado contra el golpe del 23F se produjo en Granada. Un relato personal sobre ese día en Granada y del que apenas ha circulado alguna información.



                                                                       

Dentro de unos días se cumplirán 32 años del intento de golpe de Estado protagonizado por el teniente coronel Tejero, quien al mando de un numeroso grupo de guardias civiles, asaltó el Congreso de los diputados. El  capitán general de Valencia, Jaime Miláns del Boch, movilizó al  ejército en su región militar poco después mientras el general  Alfonso Armada negociaba la configuración de un nuevo gobierno presidido por militares. Los movimientos en los cuarteles eran vacilantes y la amenaza de días de terror y represión se cernían sobre la población. La respuesta popular de rechazo al golpe, tras el miedo inicial, paulatinamente, iría surgiendo pasadas las primeras horas, hasta alcanzar las movilizaciones más masivas alcanzadas desde la transición.

La primera manifestación se produjo en Granada, media hora después de la entrada de Tejero en el Congreso. El relato de esta primera manifestación ha pasado casi desapercibido y las escasas referencias han sido incompletas. Por ello me propongo contarlas tal y como yo las viví.   

Desde varias semanas antes del golpe, aquel 23-F de 1981, estudiantes becarios protestaban por los retrasos en el pago de sus becas. La situación era especialmente grave, por cuanto eran jóvenes que dependían de ellas para proseguir sus estudios en Granada. Tras diferentes y fracasadas  gestiones, decidieron llevar a cabo un encierro en la iglesia de los jesuitas en la céntrica Gran Vía.

No muy lejos de allí, en la parroquia de S. Idelfonso , en la calle Real de Cartuja, miembros de la Comisión de Parados manteníamos también un encierro, con huelga de hambre incluida, en protesta por la nula respuesta de las instituciones, especialmente referidas al Gobierno Civil, para que librasen fondos, que podrían ser los propios del que hasta entonces había sido denominado empleo comunitario, en la capital granadina y contratando directamente a los parados organizados que reclamaban el puesto de trabajo.

En los días previos a la fecha del  “tejerazo”, un grupo de los estudiantes becarios visitó a los parados encerrados en S. Ildefonso. En aquella reunión se decidió convocar una manifestación el 23-F a las 19 horas en apoyo a ambos encierros. Hubo diferencias respecto al recorrido que debía tener la manifestación, pero como iba a ser el grupo de becarios quien la promoviera legalmente, se dejó el recorrido tal como se había propuesto; es decir, desde el Salón hasta la plaza de Colón.

Tras la marcha de los becarios de aquella reunión, los parados reunidos en la iglesia decidieron que ellos, una vez completado el recorrido oficial, seguirían en manifestación hasta la iglesia S. Ildefonso, donde permanecerían en todo momento los cuatro que estaban en huelga de hambre.

Este plan de la Comisión de Parados no gustaría a los becarios/as. Al conocer nuestras intenciones, el día 22 se acercó un grupo de ellos a la iglesia S. Ildefonso (1) para expresar su malestar. Entendían que los parados pretendían reventar la manifestación. Se les dijo que ni mucho menos era esa la intención, sino que como de lo que se trataba era de expresar la solidaridad con los encierros, lo consecuente era que los parados, una vez llegados a la plaza de Colón, continuaran por la Gran Vía hasta la calle Real de Cartuja, lugar de la iglesia. Y a esa marcha, se podría sumar quien quisiera. Los demás podrían, sin más disolverse. Se fueron no muy convencidos.

El día 23 por la tarde, mientras se ultimaban los preparativos para la manifestación: pancarta, hojas que quedaban por distribuir, etc. el transistor estaba encendido en el canal de la SER. A las 18: 30 retransmitían la sesión de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo cuando, aparte de los encerrados en huelga de hambre (tres, pues uno había abandonado un día antes), en el salón parroquial quedaban unas 3 ó 4 personas que se disponían a salir para el lugar de inicio de la manifestación. En ese momento oigo atónito el “quieto todo el mundo” de Tejero, los disparos y los sorprendidos comentarios del periodista. Llamo al grupo a punto de salir y les cuento lo sucedido mientras la radio continuaba de fondo. Quedamos en que no se modificaban los planes, pero que ahora se trataba, sobre todo, de manifestarse contra el golpe de Estado.

Cuando nos quedamos los tres huelguistas solos, prácticamente estuvimos de acuerdo en que el encierro teníamos que dejarlo. Si el capitán general de Granada decidía sumarse al golpe, siguiendo a Miláns del Boch en Valencia, entonces éramos carne de cañón, no tardarían los militares en presentarse en la iglesia. Además, teníamos que limpiar las casas de propaganda, esconder la multicopista, avisar a quienes pudieran no haberse enterado (aunque la mayoría estarían en la manifestación) y buscar un lugar seguro donde refugiarse mientras se mantuviera activo el golpe, especialmente aquellas personas que pudieran ser objetivo de una noche de “cuchillos largos” protagonizada por grupos de ultraderecha. Decido salir a la cabina telefónica más próxima, justo detrás del Gobierno militar. Se observa calma.

Realizo diversas llamadas telefónicas a la vez que los pensamientos circulan desordenadamente aplicando la ortodoxia: “la burguesía no puede darse un golpe a sí misma. Esto no puede triunfar. Será desde el mismo poder desde donde se frene esta locura. Tienen que ser los poderes fácticos (el propio ejército, la banca, la CEOE, la Iglesia, etc.) quienes lo frenen. No les interesa exacerbar un conflicto de clases, sus intereses han estado bien defendidos desde el ejecutivo y el legislativo”. Al fondo veo surgir desde la penumbra la silueta de mi madre. Increíble, vaya día que había elegido para hacerme una visita. “Mamá, ¿es que no te has enterado del golpe de Estado y de que ahora mismo hay una manifestación por el centro?” Se queda atónita. No sabía nada. “Coge el 11 al contrario, dirección Camino de Ronda, ahí en el Triunfo. Te bajas detrás de la Virgen de las Angustias. Esa zona ya estará tranquila para cuando llegues. Luego te llamo a la casa”. Le digo que probablemente dejaremos el encierro, pero que por ahora no sabía dónde pasaría la noche.

Cuando llegó el párroco, José Antonio Moreno, le cuento lo que ha pasado y que tomaremos una decisión respecto al encierro cuando termine la manifestación. Pasadas las 19:30 (en Valencia ya se había decretado el estado de excepción y el ejército se encontraba desplegado en las calles) oigo gritos de “contra el golpe, lucha obrera”. Un grupo de algo menos de 50 parados llegan al salón parroquial. Les doy las novedades sobre el golpe. Ellos cuentan cómo discurrió la manifestación: rápidamente se extendió la noticia y los gritos de los/as manifestantes se centraron en el rechazo al golpe, dejando en un segundo plano las otras reivindicaciones. Al llegar a Colón, casi todos/as se disolvieron exceptuando el grupo cabecero de parados, que marchaba tras la pancarta y que, con cierta desorientación, no sabían bien qué hacer. Siguieron, más por inercia que por otra cosa, por la Gran Vía. Ya sabían que las calles adyacentes estaban repletas de coches y furgonetas de los antidisturbios. Iban en silencio y, ciertamente, temerosos (eran pocos y se dudaba de cuál podía ser la reacción de la policía). Sólo al pasar el Gobierno Civil y doblar hacia la calle Real decidieron gritar con fuerza. La policía no intervino. Después se comentaría que algún grupo intentó alguna barricada, pero sin mayores consecuencias.

Debatimos la situación. Alguien informa que la sede de Fuerza Nueva, en el Humilladero, era un hervidero de militantes de ultraderecha. Nos llama la atención que la reunión se haya producido con esa celeridad, y que, incluso, hubiera actividad desde antes de la entrada de Tejero en el Congreso. Recogimos lo que se pudo y paulatinamente abandonamos el encierro. Nos despedimos de José Antonio, el párroco, quien, visiblemente preocupado, se afanaba por poner cierto orden en su despacho.

Desde mi refugio, comiendo algo tras una semana sin hacerlo, escucho el pronunciamiento de la cúpula militar, la JUJEM (Junta de Jefes de Estado Mayor) condenando el golpe y llamando al orden a las fuerzas armadas. Rafael Termes, presidente de la patronal bancaria, comunica su apoyo a la Constitución rechazando también el golpe. Ferre Salat, en nombre de la CEOE, hace los mismo. Por supuesto, se pronuncian otras fuerzas sociales y sindicales.

Esto se acaba: sin base social, sin apoyo de los poderes económicos, sin contar con el mando militar, el golpe no puede mantenerse durante más tiempo. También a pesar de las inquietantes declaraciones del secretario de Estado norteamericano (“el golpe era un asunto interno”).  ¿Pero qué ha pasado con el jefe del Estado? ¿No tenía que haber sido el primero en condenar la asonada, y como jefe supremo de la FFAA haber ordenado a las tropas el regreso a sus cuarteles? ¿No tenía que haberse dirigido a la Guardia Civil, que tenía secuestrado el parlamento, para que se entregasen? Van pasando las horas con el transistor encendido y, también, pendiente de cualquier ruido extraño  que pudiera oírse desde el exterior. Redacto el manifiesto de la Comisión de Parados que íbamos a leer en la asamblea convocada en la facultad de Ciencias. Antes de quedarme dormido (cerca de las 1:30 de la madrugada), oigo el comunicado del Rey.

Comentaba al principio que había una incompleta alusión a esta primera manifestación contra el golpe. En concreto me refiero al libro de Alfonso Martínez Foronda, “La cara al viento” (Ed. Páramo). En este libro, su autor, solo se refiere como entidad organizadora de la 1ª manifestación del Estado contra el golpe a la Comisión de Becarios, mencionando también a diferentes partidos de izquierda que la apoyaron. Es curioso que en ese mismo libro se refiera a la noticia que apareció en el diario Patria, el día siguiente, haciéndose eco de la manifestación y que, según el titular de la misma noticia, fue convocada por la comisión de becarios y la comisión de parados conjuntamente. Sin embargo, Martínez Foronda parece ignorar ese hecho. Que sepamos, esta noticia del diario Patria, ha sido la única referencia en algún medio o libro sobre la presencia de la Comisión de Parados en dicha manifestación. Valga este relato como contribución veraz sobre lo acontecido.


1.- La elección de la iglesia de S.Ildefonso fue debida a su ubicación en una barriada obrera, castigada por el paro y la pobreza, y a que el párroco y un buen número de feligreses (pertenecientes a las comunidades cristiano-populares) mantenían un fuerte compromiso con los sectores desfavorecidos de la población. Durante la transición y hasta que el párroco fue trasladado, esta iglesia estuvo siempre abierta a los movimientos e iniciativas populares
              

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