jueves, 17 de enero de 2013

Las iglesias invaden competencias del Estado y se niegan a perder los privilegios.




                                                                       

Un amigo me envía una información que aunque no es reciente, al menos a mi me resultaba desconocida. Cuenta, en concreto, que en 2006 la Iglesia católica inscribió la Mezquita de Córdoba en el registro de propiedad. Ello fue posible porque el Gobierno Aznar cambió la ley hipotecaria para permitir a la Iglesia apropiarse de edificios de dominio público, para lo que sólo bastaba que el obispo diese fe y certificara que pertenecen a la Iglesia. De este modo, el obispado dispone de este edificio de 23.400 metros en el centro de Córdoba, no paga IBI ni gastos de conservación y restauración, y de los beneficios que reportan las visitas anuales de un millón de personas, ignoramos si pagan impuestos. Y no es el único caso de edificios que la Iglesia ha inscrito a su nombre. Se calcula que el Estado deja de ingresar uno 3.000 millones por esos privilegios que otorga a la Iglesia católica eximiéndole del pago del IBI. El privilegio que tiene con esta ley, que no cambiaron los Gobiernos del PSOE ni parece que vaya a hacerlo el actual, sólo pudiera tener algún remedio si la Unión Europea actuara como lo hizo con Italia: anulando las exenciones del IBI a la Iglesia.

No es este el único privilegio de la Iglesia católica en el Estado español, como tampoco es el único que ésta y otras religiones gozan en otros países. Y aunque desde la Ilustración parecía que, en los países occidentales, los privilegios de las religiones y la separación Iglesia-Estado entraban en un proceso, lento, pero irreversible, las resistencias por las autoridades eclesiásticas a abandonar el espacio público competencia del Estado y de gozar de privilegios sigue sigue siendo importante. En el Estado español alcanza una de sus mayores cotas con la firma del Concordato y la presencia de la Iglesia en el ámbito educativo.

Es cierto que las religiones cumplen un papel fundamental en las personas creyentes. Todas las dimensiones posibles de su vida tienen sentido a la luz de las esperanzas que las religiones suscitan. Por eso, los grupos humanos que comparten sentimientos religiosos, tienen esa propensión a que la sociedad se organice y viva en conformidad a ellos y, en consecuencia, que el Estado también legisle de acuerdo a su doctrina.

Pero olvidan la base irracional que supone la confusión entre creencias y normas de obligado cumplimiento, las leyes, que tienen que operar para el conjunto de la sociedad al margen de las creencias personales. Las creencias pueden ser muy diferentes o mayoritariamente las mismas, pero no dejan de ser creencias. A participar de ellas se puede invitar a cualquier persona, pero no se puede obligar a nadie. Como tampoco, los poderes públicos pueden impedir la libertad de culto y la expresión de esos sentimientos. Es más, tienen que velar por que cualquier ciudadano/a puedan ejercitar su derecho al culto (y eso vale para los musulmanes puedan ejercitarlo en el caso de la Mezquita, aunque sea la Iglesia católica quien esté ahora gestionándola); exceptuando sólo aquellas situaciones en las que puedan vulnerarse los derechos de otras personas.

Ahora bien, si se produce la pretensión de organizar la sociedad en función de las creencias religiosas, entonces el conflicto está servido. No sólo porque las creencias pueden ser diferentes, sino porque también puede haber personas que no quieran organizar su vida en función de ninguna de ellas. Para que la convivencia sea posible, es necesario que la sociedad se articule sobre la base de unas instituciones y normas que faciliten y puedan promocionar el pluralismo moral y religioso, un pluralismo de modos de vida que permita después a cada cual escoger aquél considere más apropiado. Salvaguardada la libertad para la propia concepción moral y religiosa, el espacio normativamente compartido tiene que ser un espacio en el que sólo predominen criterios universales de justicia, criterios válidos para cualquier ser humano. Este es el único modelo que asume los sentimientos religiosos en su auténtica y profunda dimensión.


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